El Mundial del humo y los estados de ánimo

 

Opinion 16 de julio de 2018

Termino el campeonato de fútbol más promocionado y taquillero. Y surgen algunas conclusiones: la prensa amarillista rusa es tan deplorable como la argentina y en las calles de Moscú ya se extrañan a los latinoamericanos. Los “pelitos” que cambian la historia: desde Croacia-Argentina hasta Macri-Scioli.


Roberto D. Fernández
No es cuestión de dramatizar. En la vida todo es relativo; tal vez en el fútbol más que en cualquier otro rubro. Hoy se hablan maravillas de la selección de Croacia, una de sus protagonistas, y se dicen cosas horribles de la argentina, expulsada —¿qué otro término la cabe?— prematuramente en la primera tanda de eliminaciones directas. Pues bien, Croacia pasó por un pelito la instancia que fue fatal para Argentina: por el grosor de un penal. Igualada con Dinamarca, tanto en el tiempo regular como en el alargue —¡con Dinamarca!—, definió con tiros desde los once metros y salió airosa. Después, ocurriría lo mismo en cuartos, contra Rusia, y como para matar de un infarto a los futboleros de su país se cargó en semifinales nada menos que a los inventores del juego, Inglaterra, con un gol agónico.

¿Quién puede asegurar que este camino incierto aunque finalmente exitoso de los croatas no pudo caberle a los argentinos?

Veamos. Todos los que se anotan en lista de espera para matar al petiso Jorge Sampaoli quizá olviden que sus muchachos les metieron tres goles a Francia. Ningún otro adversario los golpeó tanto hasta ahora. Está bien que en el repaso de lo ocurrido en la “trágica” noche de Kazán queda claro que no hubo equivalencias futbolísticas. El 4-3 es mentiroso. Ocurre que si medimos la vida como si la existencia misma se tratara de simples operaciones matemáticas, es necesario medir todo con la misma vara.

Como fumar está prohibido casi en todos lados, en algunos sitios merodean unos tipos que cargan pipas de agua gigantes para ofrecer un poco de humo

Humo. De eso se trata a veces el fútbol, de grandes bocanadas de humo. Como las que largan aquí quienes recurren a las pipas de agua para sustituir a los cigarrillos convencionales. Fumar está prohibido virtualmente en todos lados. Ser fumador y ruso a un mismo tiempo es incompatible.

En ciertos sitios públicos, en especial en restaurantes, merodean unos tipos que cargan esas pipas gigantes llamadas narguiles, o shishas, u hookah, para ofrecer el servicio. A grandes rasgos, se trata de aspirar el humo de un tabaco aromatizado y filtrado, provocando al exhalar enormes nubes de algo que, dicen, es menos nocivo que los cigarrillos comunes. Y es legal. Un pelito de diferencia.

Humo, en síntesis.

La ecuación “Argentina no, Croacia sí” remite a ejemplos parecidos aunque muchos más dramáticos referidos al volumen de un cabello.

Una propuesta que suena masoquista pero no lo es invita a volver a los últimos días de noviembre de 2015 cuando Mauricio Macri aventajó por el uno y pico por ciento de los votos de segunda vuelta a Daniel Scioli. Eso era como 650 mil votos de diferencia, verdad matemática que podría haberse invertido con solo dar vuelta la mitad más uno de la cifra, al ser una puja mano a mano: 325 mil, sobre 25 millones. El grosor de un pelito.

La ecuación “Argentina no, Croacia sí” remite a ejemplos parecidos aunque muchos más dramáticos, como el balotaje de Macri y Scioli en 2015

Los rusos, que son indescifrables, complejos, a veces, inundaron las calles a escala de cientos de miles ni bien acabó la tanda de penales que dejó a su selección afuera de “su” Mundial de fútbol. No lo hicieron para colgar al Sampaoli de ellos –Stanislav Cherchés– sino por el solo gusto de festejar que existen. Gracias por ser como son, les dijeron a los jugadores; gracias por intentarlo.

El Mundial de Rusia no existió/no existe en la propia Rusia, salvo cuando les tocó jugar a los rusos y apenas mientras duraban los partidos. Horas antes de cada encuentro, nada hacía sospechar al profano de que acá se jugaba el destino del país: la gente iba a laburar, por millones, como si nada; flemáticos, como británicos puros.

Los que le pusieron quilombo al acontecimiento fueron los latinoamericanos, cantando y haciendo bardo en cuanto sitio público hubiera, observados con cierta indulgencia y algo de simpatía por la población local. Población local ordenada, disciplinada, trasgresión cero. Al cabo, los extraños visitantes terminaron por ser queridos y extrañados, cuando la máquina de picar carne mundialista trituró uno tras otro a los seleccionados venidos del Nuevo Mundo.

La prensa amarillista de acá es tan deplorable como la de allá: habla de los futuros huérfanos del Mundial, en alusión a los amores pasajeros de este mes

El revés de la trama: el escaso interés de los europeos del oeste por el Mundial, mínimo interés. Vienen, ven los partidos y regresan a casa, para repetir el circuito si los suyos siguen en carrera. El precio de los pasajes aéreos equivale a los días de permanencia en Rusia (hotelería y comidas).

La prensa amarilla rusa es tan deplorable como la argentina. Publica notas horripilantes sobre los posibles efectos negativos del acontecimiento que nos trajo hasta aquí. Habla de los futuros huérfanos del Mundial, en alusión a los amores pasajeros de las rusas con turistas futboleros y exhiben estadísticas respecto al crecimiento del número de embarazos en épocas de los Juegos Olímpicos de 1980. Y cargan las tintas con los Juegos de la Juventud que organizaba la ex Unión Soviética. Comunistas tenían que ser… Mencionan a niños abandonados por sus padres, “padres que no se hicieron cargo y volaron”, dicen. Sólo falta que entrevisten a Gabriela Michetti acerca de las alternativas que la vice argentina pergeña contra el aborto.

Así estamos,  con Francia campeon del mundo. O mejor en el Estadio Luzhniki, que alguna vez se llamó Lenin. Algo ha cambiado de tres décadas a esta parte en este país inabarcable, resta decir. Apenas permanece en pie la naturaleza indescifrable del pueblo ruso, ordenado, cero trasgresor, pero al que un día se le hincharon las pelotas y tomó por asalto el Palacio de Invierno de San Petersburgo, sede y símbolo del poder sin límites de la época. En la vida todo es relativo. Nunca digamos nunca.

 

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